La noche del 18 de diciembre, el Campo Argentino de Polo se transformó en un escenario donde el tiempo pareció detenerse.
Las luces se apagaron y, en medio del fervor de una multitud ansiosa, surgió una silueta inconfundible.
Luis Miguel, El Sol de México, emergió entre ovaciones y gritos ensordecedores.
La voz que conquistó generaciones y los gestos que sellaron su estilo brillaron en una despedida tan emocionante como majestuosa.
Era más que un recital; era el cierre de un ciclo, el final apoteósico de su gira mundial..