Nadie imaginaba que Carlo Ancelotti, el hombre de la ceja enarcada y el temple de acero en los banquillos, volvería a enamorarse después de su divorcio.
Veinticinco años de matrimonio con Luisa Gibelline, una vida estructurada alrededor del fútbol, y de repente, el silencio.
La soledad.
Hasta que apareció Mariann Barrena..